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No es la primera vez que hablo de lo difícil que resultan los cambios. Cuando estamos acostumbrados a algo, ¿cómo cambias tu forma de pensar, de adaptarte al entorno, de actuar, vestir, comportarte? Quizá la mayoría de los cambios en nuestro día a día, sean mayores o menores, no suelen ser tan drásticos. Pero a veces, nos enfrentamos a cambios con los que nos puede ser difícil lidiar.

Y creo que entonces necesitamos tener una constante a la que atenernos, para no volvernos locos. De algún modo puede ser comparado a cuando giramos sobre nosotros mismos y necesitamos fijar la mirada en un punto fijo, para no perder el sentido y caer.

En esto pensaba una noche mientras volvía en el tren en un día lluvioso como tantos otros por estas tierras, un día especialmente frío y húmedo, de estos en que se te mete el frío en los huesos. Yo, enfundada en abrigo, bufanda y guantes (y aun así tiritando), y frente a mí, en el andén, una mujer de media edad, de nacionalidad india, con vestido tradicional indio, y sandalias.

Me llamó la atención, de una forma en que no lo hicieron los ingleses en camiseta de manga corta o las inglesas en pantalón corto.

Quizá me equivoque, pero me gusta a veces imaginar las historias detrás de las personas con las que me encuentro, aunque solo sea para poder entender o interpretar correctamente.

Y lo que creí ver fue costumbre. Fue una forma de ser, de comportarse, de vestirse, que quizá no era la adecuada para aquella noche fría y lluviosa. Pero me dio por pensar que quién sabe cuánto tiempo podía llevar esa mujer fuera de su país, si podría o no sentirse extranjera en aquel andén en inglaterra, en ese frío clima poco familiar para ella.

Quizá ese atuendo es su constante en el torbellino del cambio. O quizá las sandalias en la lluvia simbolicen esa dificultad de cambiar de entorno social, cultural, geográfico. ¿Hasta qué punto hacemos y somos por necesidad y sentido común y hasta qué punto actuamos porque es costumbre, es la realidad en que hemos crecido?

Y por un momento creí comprenderla porque a veces hasta yo me siento extraña en este entorno que me debería ser familiar. Me imagino a la mujer en una zapatería, frente a botas, zapatos y alpargatas, mirándolos con recelo, entendiendo la necesidad de protegerse de los elementos, pero sintiéndose a la vez fuera de contexto. Ella, que en India no había necesitado vestir más que sandalias, de una forma u otra, tal o cual color, y ahora se veía preocupándose por estas cuestiones, que quizá incluso había evitado anteponiendo mil tareas.

Me pregunto si en esto pensaría mientras esperaba al tren en el frío andén, en que debía haber reparado en comprar aunque fuera un par de botines sencillos que pudieran combinar con su sari.

O quizá no, quizá la mujer estaba adaptadísima a inglaterra, a sus temperaturas frías, y eligiera vestir y calzar así por pura convención social, o por gusto propio.

E igual era yo la extranjera, pasando frío y preguntándome si desentonaba con tantas capas encima, bufanda gorda, gorro y guantes, reemplazando un calor al que estoy acostumbrada, y que no hallaba entonces.

¿Quién sabe?

Pero entonces llegó el tren (por fin) y me dediqué a otras reflexiones.

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